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Hay un embravecido mar de gente en la plaza central. En algún lugar a la distancia, un orador grita a pleno pulmón. Su discurso, amplificado por…
Hay un embravecido mar de gente en la plaza central. En algún lugar a la distancia, un orador grita a pleno pulmón. Su discurso, amplificado por altavoces, flota por encima de las cabezas de la multitud. "¡No puede haber piedad para los sangrientos mercenarios de los boreanos; esos despreciables asesinos, espías, saboteadores y plagas!". Miles de voces hacen eco de su exhortación.