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Una serie de terribles explosiones sacudieron la ciudad.

Una serie de terribles explosiones sacudieron la ciudad.

Las antenas se convirtieron en enormes columnas de fuego que cayeron sobre las casas de los habitantes y destruyeron las calles debajo de ellas.

Violentos incendios ardieron durante días y, cuando finalmente se extinguieron, solo quedaron del Proyecto Heimdall montones de hierro retorcido y tristes recuerdos.

Con el tiempo, las enormes antenas se hicieron parte del familiar paisaje urbano.

Cuelgan con pesimismo sobre las cabezas de todos, oxidándose inútilmente.

Y aunque hay quienes dicen que las torres solo estaban sumidas en un sueño, esperando a su amo, nadie jamás descubrió para qué las habían construido.

Un zumbido grave y palpitante recorrió la ciudad, llenando el aire, y penetró en todas las mentes e hizo inclinar a cada persona ante su mecánica voluntad: hombres y mujeres, adultos y niños, ricos y pobres.

En tan solo unos minutos, la población entera se rindió ante el poder de Heimdall.

A partir de entonces, las personas pensaron, sintieron, desearon e hicieron solo lo que se necesitó de ellas.

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