Carl siguió viviendo en su apartamento.
Carl siguió viviendo en su apartamento. Al cabo de un tiempo, se volvió rico y pudo comprarse todo cuanto se le antojó. Pero por mucho dinero que tuviera y se mintiera a sí mismo, Carl nunca lograría levantar cabeza. Su vida no tenía sentido sin su familia. Echaba de menos las regañinas de Anna, el maximalismo juvenil de Patrick y la risa feliz de Martha. A Carl se le cayeron las paredes de su apartamento encima, quedando sepultado bajo el monstruoso peso de sus recuerdos y la culpa, y vivió deprimido y con tendencias suicidas hasta el final de sus días.
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