¡Hola, pequeño/a! Hoy vamos a contarte el cuento de los tres cerditos. Érase una vez un enorme inmueble de apartamentos dirigido por el Lobo Feroz.…
¡Hola, pequeño/a! Hoy vamos a contarte el cuento de los tres cerditos. Érase una vez un enorme inmueble de apartamentos dirigido por el Lobo Feroz. Tres cerditos, que a su vez eran hermanos, habitaban en él. Sus nombres eran Nih-Nih, Nah-Nah y Nuh-Nuh. Nih-Nih era muy pobre: dormía en un colchón de paja y utilizaba un trapo clavado a la pared porque no tenía puerta. Este pequeño cerdito tenía un diario en el que escribía todos los problemas que tenía con su casero. Se sentía seguro en su vivienda, que veía como una fortaleza, y creía que nunca nadie encontraría su libro. Nah-Nah tenía más que su hermano. Tenía una cama de verdad y su puerta era de madera contrachapada y tenía pestillo. Cada noche, a Nah-Nah le gustaba experimentar con su radio. De vez en cuando lograba sintonizar una emisora prohibida por el Lobo Feroz. Nuh-Nuh, el cerdito mayor, adoraba su vida. Tenía una cama gigantesca y una robusta puerta de roble con un enorme candado de hierro. Trabajaba en el Ministerio de Alimento y tenía un tren de vida elevado porque vendía comida robada a sus hermanos. Un día, al Lobo Feroz se le agotó la paciencia y arrancó el trapo del cerdito pequeño, tiró abajo la puerta contrachapada del mediano y abrió la de roble del mayor. Entonces cogió a los tres orondos y vagos cerditos y los llevó a la fábrica para convertirlos en embutido. Acto seguido, premió a los inquilinos que habían observado y denunciado las actividades de los tres cerditos. Todo ello ocurrió porque los cerditos olvidaron a quién debían todo lo que tenían. Así que recuerda, pequeño/a: ¡no importa cómo vivas, porque tu casero lo sabe todo! Y alégrate cada vez que no haya embutido para cenar, pues significará que no hay traidores entre nosotros.